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Blog NEURÓFILOS

CUESTIÓN DE GAFAS

Hace unos años, en una ponencia para un Intercolegiados de filosofía en la Universidad Javeriana en Cali, se mencionó algo relacionado a las gafas. El tema era la belleza. En una de las distintas ponencias se hizo la pregunta de si todo es bello siempre que se usen las gafas correctas. Primeramente, hay que partir desde el propósito con el que se crearon los lentes, suplir la deficiencia visual de los ojos. Si se necesitan unas gafas para ver algo, no es precisamente para verlo bello sino para verlo como cualquier otro ser humano sano puede verlo. La cuestión es entonces más de apreciación y no del tipo de lente que se tiene puesto, ya que, si se buscara una alteración de la realidad en vez de suplir una deficiencia, la conversación giraría entorno a drogas, no lentes. Aún así, hablando sobre la apreciación, es evidente que quien usa lentes suele valorar más aquello que ve, incluso en mayor medida de quien tiene una vista perfecta. De forma que los lentes influyen en ver lo bello, bello. Una persona sana, acostumbrada a ver el reflejo de la luz de las farolas sobre los carros o el movimiento de las hojas de los árboles a lo lejos, puede que no aprecie tanto aquellos detalles a los que está acostumbrado. Y una persona cuya vista reducida a ver medianamente decente dos metros hacia adelante, con colores pálidos debido a su deficiencia visual puede conmoverse por ver una escena cotidiana en la calle. Que el color tome su verdadero color y que lo borroso tome forma es una experiencia que llena de asombro. Momento en el que un deficiente visual entiende al poeta que se dedica a la observación, pues hay cosas tan bellas de las que se ha perdido y de las que quiere experimentar, que aspirar a una vida describiendo lo bello le parece la forma más natural de vivir la vida. Es la capacidad de asombro lo que suele perder el observador sano, tan acostumbrado a ver bien que ya no ve ni la montaña, ni los árboles, ni el reflejo de la luz de las farolas en los carros, en el suelo, en los rostros. Lo bello es bello, aunque exista la estética, la armonía, la arquitectura, a veces puede que se queden cortas. Cuánta belleza puede percibirse en una conversación, la voz de otra persona percibida por el oído. Hay tanto ritmo en lo visual como en lo auditivo, matiz y tono. ¿Puede el tacto ser bello? ¿Cómo sería una bella caricia? Quizá si se tiene carencia en la vista o en el oído, el tacto se torne bello. ¿Pero cómo se aprecia una tocada? ¿Tomándose el tiempo para percibirla? ¿La apreciación es la comprensión de la percepción mediada por el asombro? El percibir bien es placentero, pues la belleza depende de la buena capacidad de percepción, que con el placer del asombro desemboca la apreciación. La belleza está muy ligada al placer. Es el placer lo que le da sentido a la vida, la apreciación de la belleza como captamiento del placer. El tener en buena estima la vida está estrechamente relacionado al reconocimiento de la cantidad de placer que esta puede provocar. Por ello la vida consiste en el apreciamiento del detalle de lo que se ve, se escucha y se tiene tacto. Y puede que el suplir una deficiencia visual por medio de lentes lleve a desarrollar un apreciamiento del detalle en el resto de los sentidos. El percibir una cantidad más grande de variedades en los matices del color o sentirlos con mayor vivacidad puede que desemboque en una mayor atención en la clasificación del sabor, el olor, el tacto, el sonido y, a final de cuentas, de lo visual. Se debe a la buena percepción el escogimiento de las preferencias de alguien. Un problema en la apreciación puede llevar a un desapego por la existencia. La palidez, la distorsión, lo borroso, la deficiencia en la percepción, merman la calidad con la que se siente el mundo. No tengo la intención de desacreditar a los psicólogos, no todas las causas de la tristeza provienen de una mala percepción en los sentidos y siempre es bueno ir con un buen psicólogo. Pero a veces, solo a veces, es una cuestión de gafas.

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