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Blog NEURÓFILOS

EL KARMA

No creía en el karma hasta que escuché la caída de una gota gruesa algunos centímetros a mi lado. Pensé que se había caído un pedacito de cemento del edificio, pero en el suelo se veía la marca húmeda de una gota gruesa. Inmerso en mis pensamientos no le presté más atención hasta escuchar una segunda caída, entonces miré arriba y no vi nada fuera de lo normal, el edificio estaba como siempre, no parecía haber ninguna gotera, todo tranquilo. Cuando volví a lo mío hubo una tercera caída, pero más dispersa, escuché varias góticas cerca y ahí lo intuí, miré arriba decidido a resolver el misterio, y con paciencia de cazador me quedé observando. Se asomó lentamente por el cuarto balcón la pequeña cabeza calva de alguien. Poco a poco salía, se detuvo cuando mis ojos vieron los suyos; yo no podía apartar la mirada del asombro, nunca me había pasado algo parecido y me causó una gracia enorme el gestó que hizo al ver que lo estaba viendo. Su elevación de cejas llevó a que pudiera imaginar cómo había abierto la boca al ser pillado en el acto, vi como esa pequeña cabeza calva se escondió, y yo seguí observando. No pasaron muchos segundos hasta que se volvió a asomar, quizá pensó que no le había visto; esta vez sacó todo su rostro de niño, la sorpresa, la angustia y el miedo se leían en él, no tenían precio. Definitivamente le faltaban un par de cosas al chico, obviamente puntería, pues escupir es un arte de la niñez, tres tiros y no pegar ninguno es fallar como niño cansón; y si se va a hacer algo hay que hacerlo bien. Cuando se volvió a esconder di unos pasos hacia atrás, distanciándome del edificio para ver mejor. Sabía que se iba a asomar de nuevo, con su boca entreabierta, la calva característica de niño y esos ojos con los que me ve mirarlo. Él esperaba que sucediera algo, no paraba de inclinarse en el balcón para verme verlo; estático disfrutaba yo de esa expectativa, tiene que pasar algo, no podía dejar que un niño sin puntería me escupiera tres veces para quedarme viéndolo, era mi turno de jugar las cartas y lo tenía a merced, si subía hasta el cuarto piso le daría el susto de su aún corta vida; tocaría la puerta suavemente como quien llega a cobrar una vieja deuda, luego el timbre y finalmente algunos golpes un poco más firmes, podía hacerme el dramático, el indignado, el molesto, hablarle al mayor a cargo sobre lo que hacía el chico en el balcón, para que el niño probara la verdadera maldad humana, la del contraataque. Pero había algo en él, su expresión, su fisionomía o quizá que tal vez estaba solo, que no me dejaba apartar la mirada de ese balcón, veía a un niño, uno que necesitaba ser corregido como cualquier otro. Sin embargo, me resultaba muy familiar, pues también fui calvo a esa edad, posiblemente tenía la misma expresión tonta que tiene él ahora e igualmente escupí alguna vez a alguien, con mejor puntería claro, un disparo y me regañaron a los minutos en que subió esa persona a quejarse. Pero este niño estaba solo, su expresión me lo decía, él esperaba alguna reacción de mi parte. No necesitaba subir, era suficiente para mi ver que me veía verlo. Me preguntaba mientras se asomaba si cuando él creciera un niño le escupiría también, quizá con una puntería peor que la de él, pero, aun así, aunque no le cayera encima, se daría cuenta del gesto de ser a quien le escupen. Daba algo de lastima verlo, seguramente el ser pillado le daba algo de emoción a su aburrido día, encerrado en casa sin nada que hacer y con mucha energía que gastar. Se preguntará, al asomarse, por qué sigo parado en el mismo lugar después de algunos minutos, quizá cree que no lo he pillado, pero la duda no lo deja tranquilo pues no paro de verle a los ojos al aparecer. Sale y entra con rapidez, hasta que se calló del cuarto piso, como una gota gorda resonó su cabeza en el suelo. Ya sé que era lo que me hacía tanta gracia, el karma existe, claro, pero ¡JA! Tiene mala puntería.

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