Emprendimiento, el Palo

Actualizado: jul 18

Puso el palo en medio de los dos. Y como si el palo le diera una autoridad que esos dos no tenían, determinó que ahí, en medio, entraría un tercero. Los dos, impactados ante lo irrisoria que era la situación, vieron cómo el tercero le pasaba un billete antes de meterse entre hombro y hombro hasta acomodarse en medio, con el derecho de quien se arrellana en su sofá, encima de las visitas. Ante el descaro, aquel de la derecha, que tenía una persona más delante, en la fila, protestó. El tercero lo miró como quien no tiene la culpa, luego dirigió su mirada a aquel al que había pagado; quien golpeó el piso con el palo. Los tres, callados, lo miraron; sabían que entre ellos y él había una gran diferencia, el palo. Pero el de la derecha no iba a quedarse de brazos cruzados, conocía muy bien el tipo de emprendedor que tenía enfrente; sacó la billetera y le pidió que lo adelantara un puesto, después de pasarle un billete. El emprendedor, como si sólo hiciera su trabajo de rutina, puso el palo en medio, nuevamente, a pesar de la mirada del tercero, quien parecía recién apuñalado por un buen amigo. El de la derecha, con picardía tomó el lugar que compró. Nadie supo realmente cómo esos dos llegaron a convencerse a sí mismos de que el emprendedor, un cualquiera con un palo, era árbitro legítimo para regular, validar y vigilar, el adelantamiento del uno sobre el otro; pero a continuación comenzó una competencia encarnizada, una de resistencia donde el desgaste, del bolsillo, determinaría al vencedor. El de la izquierda, durante el proceso, los miraba con desprecio. Los otros en la fila, ante todo el movimiento y la transacción de dinero, miraban atentos, en silencio. El tercero en una jugada astuta para ganar una victoria definitiva entregó todo el dinero que le quedaba, para que lo adelantara dos lugares. Puso el palo; el de la izquierda lo sintió en su otro hombro, no hizo nada, vio al tercero hacer un breve desfile burlándose de aquel que había perdido, se acomodó en su nuevo lugar y cuando se encontró bien puesto, el de la izquierda le puso las manos encima. El emprendedor, ejerciendo la autoridad que le habían dado, levantó el palo con intención de golpearlo, pero el de la izquierda no le comió cuento y se lo arrebató para partirlo en dos. Echa la plata del día y sin la herramienta para laburar, el emprendedor se metió las manos a los bolsillos y echó a andar tranquilamente, como cualquier otro transeúnte. Los otros en la fila empezaron a alegar, pero él siguió su paso como si nada.

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