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Blog NEURÓFILOS

LA SILLA

A Ismael (el narrador de Moby Dick) le daba por hacerse a la mar cada que se veía contemplando la pistola para terminar con su vida; a Descartes le gustaba caminar por el bullicio de Ámsterdam para pensar en soledad; y a mí, cada que me veo rutinariamente en vacaciones, me da por contemplar la efímera locura de mí época, dando un paseo por el centro de mi ciudad, justo en la segunda semana de diciembre, cuando mis conciudadanas se vuelven propensas a las lucecitas titilantes y las ramas artificiales; mientras que mis conciudadanos consideran que la clave de una buena vida está en la posesión de unos vistosos zapatos deportivos y unos jeans con rotos importados. Sin duda, los comerciantes expertos en sofística me dirán que la locura y la normalidad son estados relativos y que no tiene nada de locura correr a gastarse el dinero del último mes de trabajo en cosas que no se necesitaban en octubre o septiembre. Pero, de ser así. ¿por qué existen los psiquiatras y sus clínicas de reclusión? Eso me pregunto yo, que no soy, lo que se dice, un hombre normal, pero tampoco, lastimosamente, un loco. Ni soy de ese tipo de individuos que los psicólogos clasificarían como perteneciente al grupo dramático/emocional/errático. Al menos eso me dice mi psiquiatra. Pues afirma, que de bordelinde, narcisista o histriónico no tengo nada, y que lo mío se inclina más al grupo de los ansiosos/temerosos. Igual nunca le presto mucha atención, porque me da miedo encontrarme con alguna verdad teórica que cancele la eficacia del efecto placebo de mis ansiolíticos. La vida es lo que es y punto.


El caso es que cuando apenas llevaba dos cuadras de recorrido, y empezaba a disfrutar con el batiburrillo de objetos que se vendía en los andenes y miraba a lo lejos a una cantidad de personas vestidas con deslucida elegancia, mientras algunos sostenían delicados cartones en sus manos, escuché la voz histriónica de una anciana en silla de ruedas que me dijo: —Ay, joven, por favor me ayuda a llegar a la esquina, es que hay desnivel y no logro impulsarme. Incapaz de negarme, empecé a empujar la silla y me di cuenta de que estaba bastante desvencijada, y la llanta izquierda tenía más aire que la derecha.


La anciana se veía obesa, pero no pesaba tanto, aunque sí gritaba cada que pasábamos por un hueco: —¡Joven, despacio!, ¡ay, me duele!, con cuidado que llevo mucho peso, ¡ay! etc. Eso fue suficiente para que me sintiera con la picardía del lazarillo de Tormes, pensando en dónde tocaba pedir la limosna. Pero mientras la gente me miraba, desde sus carros detenidos por la congestión vehicular, empecé a tener ideas irracionales. Pensé entonces que quizás se preguntaban: ¿qué hacía ese caballero tan fino y bien vestido con su abuela tan mal presentada? ¿la habrá sacado del asilo para ir a cobrar la pensión y robarle el dinero? De inmediato, me figuré una escena con un policía y la anciana gritándole que yo le había robado. También me imaginé qué pasaría si esa silla se desbaratara en medio de la calle y yo quedara como el desalmado que dejaba a una anciana pobre y discapacitada, tirada en el suelo. Mientras tanto, la anciana me seguía dando órdenes con la asertividad de una neurótica hipomaniaca: —Joven, aquí alcanzamos a pasar el semáforo, ¡ayúdeme por favor!, pero no me lleve tan rápido que hay mucho hueco. ¡Ay, me duele mi pierna! —No, joven, así no. —Bajemos el andén de espalda para que no se me caiga lo que llevo aquí. En este instante, ya no me sentía como el Lazarillo, sino como Karl Rossmann, el personaje de América, la novela de Kafka, enfrentado a la absurdidad del mundo. Cuando llegamos al borde de la calle, me lanzó otro manual de instrucciones a una velocidad encomiable: —“Joven, pise la palanca de abajo y suba las ruedas de adelante que allí hay un borde muy alto en ese anden”. El andén era estrecho y la anciana iba gritando: —un permiso por favor ¡un permiso!... Mientras yo manejaba esa condenada silla como si fuera el triciclo de mi sobrina, sentí una breve ráfaga de felicidad, sin duda, era divertido, aunque lo sospeché temerario y estúpido. Por ello, cuando ya íbamos a llegar a la plaza de Caicedo, fui atacado por un pensamiento paranoico bastante colombiano: pensé que me iban a robar. Entonces le dije: —hasta aquí la puedo acompañar, señora, debo desviarme de camino. Solté la silla y ella se quedó pidiendo ayuda a otro incauto conductor de silla, me alejé precipitado sin sentirme mejor o peor persona, si bien el móvil y mi billetera seguían en mis bolsillos, me preocupaba no tener alcohol o gel desinfectante para mis manos: puesto que ni dios, ni el virus, tienen en cuenta las buenas acciones.

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