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Blog NEURÓFILOS

LA VITRINA

La gente pasa, es lo normal, la gente siempre anda pasando de un lado a otro, pero al pasar miran. Es la mirada lo que me incomoda, porque ven, y sí, esto también es normal, aun así, no puedo evitar sentirme extraño ante las breves miradas de aquellos que pasan. Breves, pues únicamente necesitan un corto espacio de tiempo para generar impacto, el cuerpo físico se va y queda solamente la sensación, ha mirado. Un cuadrado transparente separa a los mirones de los mirados y la curiosidad de los primeros debería de estar mal vista, incluso algunos de ellos lo saben, cometen la falta para después avergonzarse. Otros, por el contrario, sin ningún pudor, con todo el descaro sostienen la mirada; primero se desaparece el cuerpo, se les alarga el cuello de alguna forma y, por último, los ojos se van. Desde dentro, si se presta atención, es posible escuchar cuando alguien se acerca, el crujido que provocan los pasos avisa de un próximo transeúnte. Hay cierta certeza cuando alguien va a pasar, aun así, como si hubiera alguna posibilidad de algo diferente, se observa a través del cuadrado transparente, parando toda actividad del momento. Los ojos de adentro eventualmente se cruzan con los de afuera, pero el mirado siempre es el de adentro. A veces pienso, para evitar sentirme encerrado a merced de los mirones; que son ellos, los pasantes, quienes son vistos. Es un espectáculo, el verlos pasar. Siempre distintas caras, cambian de expresión dependiendo de lo que miran adentro, pero son ellos mi entretenimiento y no al contrario. Modelos nuevos, no se repiten, pasan, fluyen. Fallo en mentirme, el cuadrado es demasiado transparente, no hay donde ocultarse, todo es mirado, aunque tumbara la mesa y me escondiera detrás, lo verían. La mesa volcada, las tres paredes, los muebles, las sillas son tan yo como yo mismo, al verlas me ven. Es tan extraño el verse tan visto e incluso, tan hablado, pues algunos dicen buenas tardes, días, noches. Los pequeños niños libres se acercan de frente, paran, señalan algo en la habitación hasta que rápidamente un adulto se los lleva. Todo tengo que verlo, es la condena de estar adentro ¿a dónde huir en estas cuatro paredes? Toca ver, ser visto. A pesar de que es lo habitual ¿por qué tendría que dejar de parecer raro? la sensación no se va, es incómodo. La privacidad, por muy natural que sea el vulnerarla, no deja de ser importante para el individuo. ¿Seré un animal en exhibición? ¿Qué es lo que tanto mira la gente? ¿Qué hay acá adentro de tanto interés? Debería de ser suficiente ver la humanidad en el espejo durante las mañanas, para evitar verla más, a través de los vidrios que delatan lo de adentro. Pero ahí están, se acumulan a mirar, como si fuera una tienda, un circo, un cine, en ocasiones mantengo la mirada durante el lapso del silencio, luego se retiran. Si alguna vez alguien entra por esta puerta, le diré que necesitamos cortinas, y que los del frente también, hay muchos mirones hoy en día.

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