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Blog NEURÓFILOS

INICIANDO EN LA MEDIOCRIDAD

La primera vez que escuché este termino y que me quedó resonando, fue en el colegio. Una niña de mi salón, en séptimo u octavo grado, ante un trabajo con tanta importancia en la vida como para no acordarme ni de qué asignatura era, nos había dicho a mis compañeros y a mí, que nuestro trabajo era muy mediocre, que éramos mediocres. La chica lo decía un poco entre risas e indignación, como cuando se molesta a los compañeros en el colegio, posiblemente ni siquiera supiera bien lo que significaba esa palabra, dicha quizá sin maldad, repetida después de escuchársela decir a alguien. Dejando un poco de lado la anécdota, cuando pienso en la mediocridad se me viene a la mente esa niña diciendo esas palabras, aunque desde que inicié este escrito se ha deformado el recuerdo, ya no lo sé bien, y es que últimamente me siento mediocre. Sostengo el peso de cada una de esas letras sobre mi espalda, que lleva a preguntarme si todos alguna vez nos hemos sentido mediocres. No sé desde qué momento me asaltó la conciencia de mi mediocridad, era muy feliz haciendo mis cosas sin esa sensación de estancamiento, porque ahora mismo la frustración de no avanzar como me gustaría en aquellas cosas a las que le invierto tiempo, me hace preguntar si he llegado a un punto muerto que solo algunos “privilegiados” pueden superar, es decir, he llegado a la mediocridad. Esto es muy curioso, pues la mediocridad tiene una connotación muy negativa en nuestro lenguaje, o al menos cuando me imagino a alguien diciéndole mediocre a otro pienso que lo ha insultado. Pero por qué tiene que ser así, todos pasan por la mediocridad, no comparto esa idea de que personas escogidas por algún dios, levitan a la “excelencia” sin pisar la mediocridad, coloco “excelencia” por colocar cualquier palabra que pueda ir después de mediocridad. Aunque estoy dejando algo de lado, quizá el sentido de esta palabra va dirigida a la poca intención de mejorar en una actividad, sin embargo, a veces no se sale de la mediocridad teniendo la intención de hacerlo, y hay algo puntual aquí, por qué tendría yo que dejar la mediocridad en algo que no me interesa. Todos son mediocres en las actividades que no les generan interés, por lo que el uso de esta palabra en esos casos no tiene mucha utilidad, está dirigida más bien hacia las personas que practican algo con la intención de mejorar, pero en lugar de decir, estás a medio camino, se dice, estás junto a todos los estancados. En ese sentido aquella niña que me acusaba de mediocre no tenía razón, definitivamente no conocía qué era la mediocridad y posiblemente en ese momento nunca se haya sentido mediocre; era un trabajo escolar sin importancia, seguro lo que hicimos era malo, malísimo, pero importaba más otra cosa que presentar una tesis para premio nobel. Aun así, no he podido evitar pensar que la mediocridad ha estado presente en mí desde que soy niño, era responsable eso sí, no recuerdo haberle puesto tanta dedicación a algo intrínsecamente del colegio, sin embargo, a pesar de pensarlo hay un precedente que me evidencia cierto avance. Leo mis primeros escritos, aquellos hechos en época escolar que no eran para trabajos escolares, y los encuentro ridículamente malos, no se los mostraría a nadie más, por vergüenza. Pues la cosa es así, en el colegio no llegué a la mediocridad, estaba en lo más bajo de esa escala colegial inventada, de lo malo, lo mediocre y la “excelencia”, una escala tan ridícula como mis primeros escritos, pero de la cual hablaré un poco. Sea dicho de paso que, a comparación de ese inicio, ahora escribo más fluido, sin tantos errores ortográficos, con mejor sintaxis, entre otras cosas, que me alegra en parte, pues la mediocridad no es en sí mala; por otro lado, a veces lo que escribo no se encuentra a la altura de lo que escribí en el pasado, es particular eso de empeorar en vez de mejorar, como el bloqueo creativo o por el estilo. Puede ser que en apariencia no avance pues no siempre se hace un buen escrito, pero ahí estoy dándole y dándole todos los días de una u otra forma para estar preparado en ese momento en el que ya escriba algo de valor. Claramente esto ocurre con una practica de leer y escribir, que hago a diario, pero en otros aspectos en los que me encuentro a medias se siente en especial esa mediocridad, el saber medio inglés, medio alemán, medio esto, medio aquello, es decir, un hombre medio en todo, con perdón de Aristóteles y su virtud, pero básicamente alguien que sabe prácticamente nada. No lo digo despectivamente, ya expresé que tiene la palabra una connotación negativa, sino con bastante asombro y entusiasmo hacia el futuro, pues la situación de estar en la mediocridad o incluso ser malo en una actividad nueva que empiezo, genera cierta frustración que impulsa a adelante, con una duda muy marcada y presente, la cual es si hay posibilidad de alcanzar el nivel académico, físico, comunicativo, de la persona que se tiene al frente. Siendo razonables, sí, se puede, pero para entonces tiene que pasar el tiempo, dedicado a ciertas actividades. Así que todo este escrito qué fin tiene, en filosofía, entre todo lo que ocurre, pasan tres cosas, lo primero es que alguien hace una muy buena pregunta, que tú entiendes, y aprecias tanto el aporte como la respuesta por lo interesante que es, lo segundo es un aporte relacionado con el tema, que entiendes a donde va, normal, y la tercera es una pregunta, intervención, que tú no entiendes, no sabes si está o no relacionado con el tema, la respuesta te deja desubicado y quedas con la duda de si lo que se acaba de decir es algo muy inteligente o algo muy estúpido, porque hay una línea muy delgada que separa estos dos polos en filosofía. Cómo se establece la diferencia, es tan simple como saber de lo que se está hablando, y ya que en filosofía no siempre se sabe de lo que se está hablando, quedas pensando que eres un mediocre, alguien al que le falta iluminación, pero quizá algún día salgas de la duda.

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