REALIDAD, CONOCIMIENTO Y VERDAD

El tema del conocimiento ha sido una cuestión central en la historia de la filosofía. Ya los primeros filósofos, los presocráticos, se plantearon cómo el ser humano era capaz de conocer la verdad. Esta tendencia venía avalada por una concepción determinada que suponía que lo que el hombre debía conocer era la esencia de las cosas. No les preocupaba tanto saber cómo conoce el hombre cuánto qué es lo que conoce. Estaban más preocupados por conocer la realidad que por el conocimiento mismo.

A partir del siglo XVI con Montaigne, y posteriormente en el siglo XVII, con la llegada de la Edad Moderna, este punto de vista cambia. Con Descartes se inaugura la filosofía moderna aparece una verdadera preocupación por el conocimiento, por el modo en que el sujeto es capaz de conocer. Se pregunta en qué condiciones puede efectuarse y alcanzarse un conocimiento cierto y cuáles son sus límites. Es a partir de aquí cuando se plantea definitivamente el problema del conocimiento. Esta preocupación será un tema constante a lo largo de toda la filosofía posterior y estará presente en la reflexión actual sobre la ciencia y su validez.

Por ello, todas las teorías del conocimiento se han planteado el problema de la verdad. Si tenemos en cuenta que, al conocer, el hombre interpreta los datos de la experiencia, y se trata de investigar la posibilidad de un conocimiento que vaya más allá de las opiniones del sujeto que conoce, que no dependa de sus creencias, sino que se atenga a lo que son las cosas. La verdad tiene así, como carácter distintivo la objetividad. Se refiere al acierto en el conocimiento y responde a la pregunta: “¿Qué conocemos sobre las cosas?” (…) Veamos a continuación un ejemplo histórico de esta problemática, tomado del libro Antimanual de filosofía de Michel Onfray:

“El inconveniente es que los cristianos se han equivocado mucho y con frecuencia. Que han defendido verdades rápidamente convertidas en ilusiones y errores. Así, entre otras, el geocentrismo (la Tierra está en el centro del sistema solar), defendido contra la verdad de los científicos y de sus observaciones, frente a la verdad teológica enseñada en las Escrituras: al haber creado Dios la Tierra perfecta, esta no podía encontrarse relegada en una esquina del cosmos, por razones religiosas debía estar en el centro, incluso si, pruebas en apoyo, los cálculos de los astrónomos mostraban lo contrario. El Vaticano condenó a Galileo (1564-1642), que enseñaba el heliocentrismo (el Sol está en el centro del sistema), con firmeza. Ha hecho falta esperar treinta años después del primer paso del hombre sobre la Luna para que el papa Juan Pablo II reconociese que Galileo tuvo razón tres siglos antes, al decir que el Sol y no la Tierra ocupaba el punto central en nuestro sistema.

Verdad cristiana y teológica contra verdad laica y científica, verdad salida de la creencia y de la fe contra verdad procedente de la razón y la observación. El choque es rudo. Pues las verdades diversas, diferentes y sucesivas muestran opiniones cambiantes, certidumbres pocas veces inmutables, sino ocasionales y relativas a las condiciones históricas. La verdad es singular y no universal, relativa y no absoluta, particular y no general, está datada y no fuera de la historia y del tiempo. Es verdadero lo que una época enuncia como tal hasta que se prueba lo contrario. A veces, algunas verdades incontestables (en física, biología, química, historia: hechos, datos, fórmulas) no pasan por la discusión porque una experiencia sin cese, posible de repetir, testimonia su validez y las certifica en todos los lugares y todos los tiempos. Pero fuera de ese pequeño capital de verdades irrefutables, no existe más que cambio.

De ahí la validez del perspectivismo (la verdad no existe, solo existen perspectivas), o bien su verdad. La verdad remite así a la percepción subjetiva (en relación con un sujeto) de un objeto. Ahora bien, esta percepción nunca es total, englobante y general. Allí donde yo estoy, no veo más que una parte de lo que aparece ante mí. Si quiero ver las caras ocultas de un cubo, debo desplazarme, entonces no veo las que se me presentaban antes. De ahí la condena a no captar más que una realidad fragmentaria, mutilada. La verdad supondría una captación global, integral del mundo y de su constitución en detalle. Como un retrato cubista que despliega y pone de manifiesto volúmenes para mostrarlos todos sobre un mismo plano, el perspectivismo permite comprender las verdades múltiples, móviles, cambiantes, en su rol de instauración del sentido.

¿Qué hay que concluir de ello? No que ninguna verdad existe, lo que significaría dar argumentos al nihilismo, al revisionismo, al negativismo que ponen en duda la existencia verdadera de hechos históricos probados (así, del proyecto nazi parcialmente realizado de destruir el pueblo judío), con el fin de alcanzar un destino político peligroso, sino que una verdad es una instantánea, un cliché, una imagen en el tiempo. Podemos, por lo tanto, hacer cambiar la verdad del momento, que se convierte en un error antes de la matización y proposición de una nueva verdad. Podemos pelear, debemos pelearnos por defender nuestra concepción de la verdad. Otros distintos que vosotros y nosotros, más tarde, según otras y nuevas perspectivas, propondrán nuevas imágenes, llamadas también a ser superadas. Y es normal, porque la vida es movimiento, solo la muerte es inmovilidad y petrificación, de lo verdadero como del resto”. (Tomado de Onfray Michel, Antimanual de Filosofía, Editorial: EDAF Ensayo)


ACTIVIDAD PROPUESTA


Observar el vídeo: Mentira la verdad: La Verdad II, de Darío Sztajnszrajber, que encontrarán en el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=_H0MmxA86h8&t=4s


BIBLIOGRAFÍA:

Paradigma 1 Filosofía, Capítulo II: El conocimiento, Ed: Vicens Vives

Filosofía para Mentes Inquietas, Ed: Penguin Random House

Pensamiento Filosófico 1, Ed: Santillana, S.A.

https://www.youtube.com/watch?v=_H0MmxA86h8&t=4s

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